jueves, 27 de junio de 2013

TRES MUJERES IMPACTANTES CERRARON LAS IV JORNADAS GARDELIANAS EN BAHIA BLANCA

M.J.MENTANA
El cierre de gala en Bahía Blanca se realizó en el Teatro Municipal de la ciudad. A sala llena se presentó un increíble elenco que colmó las expectativas de los presentes. María José Mentana, figura central de la noche, demostró su envidiable trayectoria y enorme crecimiento desde aquellos días en que con apenas 9 años se iniciaba en la música en el reconocido programa relevisivo "Grandes Valores del Tango". Junto al excleente guitarrista Ramón Maschio realizó interpretaciones clásicas, incluyendo obras de los grandes poetas y compositores como Le Pera, Gardel, Celedonio Flores, Cobián, Cadícamo, Demare y Manzi y sorprendió con canciones fuera de género como la zampa de Atahualpa Yupanqui "La Añera", "La vie en rose" canción insignia de la cantante francesa Édith Piaf cuya letra le pertenece; y un baile de milonga junto al bahiense Gustavo Rodríguez que, con permiso de su compañera Natalia Gastaminza, compartió unos compases con la entradora cantante.
V.COTADO Y E.ROTELA
No menor fue el impacto causado por la marplatense Valeria Cotado, que junto al guitarrista y compositor chivilcoyano Eduardo Rotela debieron hacer dos bises ante el pedido fervoroso del público presente. Es que la "negra" Cotado y el "negro" Rotela -como ellos mismos se autorreferencian- tienen el arrabal inyectado en las venas. Del esbelto y delicado cuerpito de Valeria emana una voz potente, cuasi gastada y personal que dice el tango como pocas cantantes. Con un efecto llegador, cargado de emociones y caracter. Algo similar puede decirse del impecable ejecutor de la guitarra. Rotela es un músico presente en escena que le pone a las cuerdas toda su energía y sentir, especialmente en los temas canyengues y aquellos que le pertencen -maravillosos en letra y música por cierto- que escuchados en la voz de Valeria no tienen par.
La tercer vocalista mujer fue Gaby, ya reconocida por la platea bahiense que la recibió calurosamente, como
GABY
 de costumbre. La morocha interpretó algunos de sus temas característicos como "Cuando estemos viejos" y "Mi ciudad" y otros preparados especialmente para la ocasión como el clásico italiano "Caruso" o "Viejo Smoking" popularizado por la garganta de Carlos Gardel. Como preámbulo se proyectó un fragmento del corto cinematográfico homónimo protagonizado por el propio zorzal y el acompañamiento del tango fue ejecutado por Jorge Vignales y Eduardo Rotela.
La pareja de baile de Natalia y Gustavo fue la encargada de abrir el espectáculo junto a Gaby y ambos realizaron bellas coreografías de tango salón que despertaron fuertes aplausos y la admiración de la platea.
Por su parte, Susana Persia, pianista ampliamente reconocida en la ciudad, ejecutó en solo de piano "Caminito soleado", de Carlos Gardel.
G. PEZZUTTI
La frutilla del postre fue el pequeñó Gianlucca Pezzutti, de 12 años, que regaló a los presentes "Volver", "Por una cabeza" y "Estrella". El bambino de oro del tango sorprendió por su soltura y deshinibición y arrancó ovaciones del tearo todo.
El cierre fue convocado por María José invitando a todos los artistas a una interpretación conjunta de "El día que me quieras" de Le Pera y Gardel. Finalmente, antes de cerrarse el telón, José y Galo Valle hicieron entrega de una distinción al programa televisivo "Música en la Bahía" otorgado por el Centro de Estudios y Difusión de la Cultura Popular Argentina, en su sexto aniversario difundiendo a los talentos musicales de la ciudad.

JSE MARRONE IDOLO DE GRANDES Y NIÑOS

José Carlos Marrone (Pepitito) nació en Buenos Aires, Argentina, el 25 de octubre de 1915 y falleció el 27 de junio de 1990) Gran actor cómico, nació en el barrio porteño de Palermo. Tuvo una infancia pobre y violenta, debido a los castigos físicos impuestos por su padre. Fue plomero, carnicero, albañil y levantador de quiniela, antes incursionar en el mundo artístico.


Comenzó trabajando como cómico en el teatro de revistas y en la radio. Más tarde fue la figura estelar de diversos programas televisivos para chicos, como El circo de Marrone, interpretando al payaso Pepitito. Sus muletillas preferidas eran «¡Che...!», «¡Mamita querida!» y «me saco el saco y me pongo el pongo».

Con Rosa, su primera esposa, tuvo a su hija Coqui. Estando aún casado, en abril de 1950 Marrone se enamoró de la vedette Juanita Martínez (1925-2001), con quien compartió la vida durante los 22 años que vivió la esposa legal de Marrone. Ésta falleció en 1982. Marrone entonces se casó con Martínez, con quien convivió hasta su muerte, a causa de un ataque cardiaco.

Entre sus películas se encuentran:
• 1950: La barra de la esquina
• 1951: Buenos Aires, mi tierra querida
• 1955: Vida nocturna
• 1962: Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina
• 1963: El turista
• 1963: Millonario por un día
• 1965: Alias Flequillo (una de sus películas más recordadas)
• 1966: De profesión sospechosos (con Graciela Borges y Antonio Prieto)
• 1967: La cigarra está que arde
• 1967: Patapúfete (con Pepe Biondi; Marrone hace de sí mismo)
• 1970: Pimienta y Pimentón
• 1980: Una viuda descocada

jueves, 20 de junio de 2013

El libro "Perón y Aerolíneas Argentinas"

El libro "Perón y Aerolíneas Argentinas", del periodista Diego Dominelli, plantea un abordaje distinto sobre el regreso de Perón a la Argentina -el 20 de junio de 1973- a través de la voz de la tripulación de ese histórico vuelo que fue testigo de los hechos ocurridos ese día.
El 20 de junio de 1973 "el peronismo se partió en dos sectores irreconciliables y su líder, Juan Domingo Perón, ya no pudo articular lo astillado, recomponer lo fracturado, encender lo muerto", escribe el politólogo y escritor Hernán Brienza en el prólogo del libro, recién publicado por Continente.

"La situación política de enfrentamientos internos dentro del peronismo fue el marco general de la masacre organizada por la derecha más dura del movimiento. Y los festejos comenzaron a empañarse por las balaceras y las corridas", describe Brienza lo ocurrido ese día cuando el avión tuvo que dirigirse finalmente a Morón y no bajó en Ezeiza como estaba previsto.

El politólogo rescata la originalidad del trabajo de Dominelli al hacer hablar a los laburantes, algo que no había sucedido antes: "Se trata de reconstruir el viaje en la mirada de los trabajadores, muchos de ellos militantes peronistas -pero también verdaderos militantes de Aerolíneas Argentinas, la empresa de bandera que ahora vuelve a enorgullecer a los argentinos de bien".

Estas historias personales, analiza Brienza, "están atravesadas como no podía ser de otra manera, por el pasado de empresa estatal creada en 1950 por un decreto presidencial de Perón".

En este contexto, se inscriben unas palabras iniciales escritas por el presidente de la aerolínea de bandera, Mariano Recalde, quien destaca la verdadera razón de ser de Aerolíneas y revaloriza  "el papel de los trabajadores como protagonistas y de Perón, en su última presidencia, por algunas decisiones que garantizarían el crecimiento de la empresa en los años 70".

El libro surgió de una forma inesperada, cuenta Dominelli, cuando el secretario general del gremio UPSA (Unión Personal Superior y Profesional de Empresas Aerocomerciales) le mostró un pergamino con la firma manuscrita de todos los que viajaron en el Boeing 707 desde Madrid a Buenos Aires. 

"Allí decidí averiguar qué fue lo que se vivió ese día a bordo del avión presidencial", dice el autor. El primer encuentro lo tiene con Atilio José Macchiaroli, quien estuvo a cargo de la seguridad del vuelo del General, dado que su cargo en 1973 era el de inspector de la aérea.

"La tarea de selección y elección de los tripulantes, pilotos, técnicos de vuelo, navegadores y personal de cabina -comisarios de a bordo y azafatas- requería de una atención especial y de conjugar no solamente el profesionalismo y las capacidades de cada uno de los integrantes, sino también el factor ideológico", explica el periodista.

¿Usted no escuchó nada? le pregunta Dominelli al comandante Fernando Cebral: "No, no el radio operador y Altamiranda, el técnico de vuelo, hablaban con el presidente y tenían los auriculares puestos escuchando no sé qué cosa, yo iba atento a otras cosas del vuelo sentado en la posición del copiloto, el comandante Konnan Doyle iba a mi izquierda a cargo del pilotaje".

"El puesto de copiloto me daba más movilidad, entonces giro mi cabeza y el cuerpo hacia la izquierda, miro y lo tenía ahí a Cámpora. Me mira y me dice: `Se enteró de lo que pasa´. `No, no´, le digo y continúa: `Vea lo que pasa" y me da otros auriculares para que pueda escuchar...´, relata.

A todo esto, "en la base aérea militar de Morón se encontraba un grupo reducido de trabajadores de Aerolíneas entre los cuales estaba el Tano José Pizzi, quien entonces era supervisor de cargas en la base de Ezeiza enviado a Morón como uno de los responsables del operativo para recibir el avión en caso de que se decidiera utilizar la base como alternativa", cuenta Dominelli.

"A eso de las 16 se recibe una comunicación que detalla que el avión presidencial estaba sobrevolando Ezeiza, pero que no se sabía si iba a aterrizar ahí por los grandes disturbios que había, y en Morón éramos muy pocos (...) yo en ese momento tenía 22 o 23 años", evoca Pizzi.

Mientras en Ezeiza, Elio Luciano Bottos, despachante de operaciones escucha a dos oficiales de la policía federal que estaba ahí, que dicen "vámonos de acá porque en este momento no hay mando en el país, no lo maneja nadie, que se maten solos".

Teobaldo Altamiranda recuerda que escuchó lo que hablaban el presidente en ejercicio Vicente Solano Lima y el presidente Cámpora. "Dice Solano Lima: `Pida, por favor, al comandante que se dirijan a Morón` (...) y Cámpora le dice: `¡No! Solano Lima, nosotros vamos a Ezeiza`".

"A lo que Solano Lima le responde:’ No, en Ezeiza no se puede porque es tanta, tanta la gente que hay que invadieron la pista de aterrizaje y no hay forma de sacarlos, porque está llena de gente y, si aterriza el avión ahí, va a matar a medio mundo".

Luego de reiterar su negativa Solano Lima le dice "Mire, Cámpora, en cumplimiento del mandato que tengo como presidente en ejercicio, le ordeno que le diga al comandante ¡que se dirija a Morón!`".

Y el testimonio de Altamiranda continúa: "Cámpora tiró los auriculares, no contestó; sale de la cabina y lo caga a pedos a Carlos Cámpora, su hijo, gritándole: `te pasate, vos, organizando a la juventud! Creyendo lo que le había dicho Solano Lima que la pista estaba invadida por manifestantes´, pero sin tener idea de la masacre que ocurría en Ezeiza.

Un técnico de vuelo le dice que había tres Mirages de combate volando y Cebral, encargado del aterrizaje, desgrana el nerviosismo de los últimos minutos: "Me tiro en picada sobre Vicente López a 100 metros de altura, por ahí no me podía agarrar nadie, además nadie iba a buscar a 100 metros, iban a buscar a 1000 metros o 500 metros, doy toda la vuelta y aterrizo en Morón".

Cuando se abre la puerta del avión baja el General Perón con Isabel de la escalerilla y aterrizan tres aviones de la Fuerza Aérea para escoltar, "era todo tan secreto que nadie sabía nada".

Altamiranda rememora que recién al llegar a Morón se enteran de lo que pasaba en Ezeiza: "Yo ahí tenía a mis dos hijos -mi hija y mi hijo, el que está desaparecido-, así que imaginate que toda esa alegría, toda esa ilusión, se fue al demonio".

jueves, 13 de junio de 2013

IV JORNADAS GARDELIANAS EN BAHIA BLANCA Del 19 al 24 de Junio

Se aproxima la cuarta edición de Jornadas Gardelianas en Bahía Blanca,producidas por José Valle única ciudad en el mundo que rinde homenaje al cantor, actor y compositor más grande de nuestro país durante cinco días consecutivos. Además de conferencias, milongas y espectáculos, dentro de las actividades el Centro de Estudios y Difusión de la Cultura Popular Argentina (CEDICUPO) distinguirá a importantes personalidades de la cultura local: Juan Carlos Mandará, Néstor Raúl Matoso, Hilda Vázquez, Atilio Zanotta y al programa televisivo “Música en la Bahía” que cumple seis años difundiendo los valores musicales de la ciudad.

MIÉRCOLES 19 DE JUNIO: 
10.30 HS: Café Miravalles (Av. Cerri 777, Bahía Blanca)
Apertura Oficial con inauguración de plaqueta-homenaje al histórico café visitado por Carlos Gardel en su llegada en tren a Bahía Blanca en 1933. Se trata de una obra realizada por el afamado fileteador Pedro Araya cuyo descubrimiento será acompañado por la interpretación del tango “En un feca” por Gaby “La voz sensual del tango” junto al reconocido guitarrista Jorge Vignales. Seguidamente harán uso de la palabra el Dir. del Instituto Cultural, Sergio Raimondi, y Eduardo Giorlandini que referirá a la historia del lugar.
Entrada libre y gratuita.
18.00 HS: Auditorio de la Cooperativa Obrera Ltda (Zelarrayán 560, Bahía Blanca)
Charla-debate moderada por Mariel Estrada. Expondrán Eduardo Giorlandini (nacionalidad de Gardel), Francisco Cabeza (Gardel y las comidas) y Carlos Benítez (Gardel y las mujeres). A continuación se ofrecerá un espectáculo musical a cargo de Lucio Passarelli Cuarteto y Susana Matilla.
Entrada libre y gratuita.

JUEVES 20 DE JUNIO:
21,30 HS: El Motivo Tanguería (Brandsen 550, Bahía Blanca)
Show musical con la cantante marplatense Luciana Panaino que presentará su nueva producción discográfica Sueños de Juventud, la intérprete bahiense Patricia Báez y “Bien Frappe, un Show de Tango” que presentará Demoliendo Mitos protagonizado por María González Rial, Jesús Infante, Francisco Vitali, Quique Lorenzi, Eduardo Canale, Ana Munuce y Ángel Dantagnán.

VIERNES 21 DE JUNIO:
21,30 HS: El Motivo Tanguería (Brandsen 550, Bahía Blanca)
Show musical de Cristina Marinissen y milonga bailable a cargo de Juan Carlos Polizzi Trío (Eduardo Polizzi, Osvaldo Lucero y Juan Carlos Polizzi). Invitado especial: Omar Olea.

SÁBADO 22 DE JUNIO:
21,30 HS: Café Histórico de Bahía Blanca (Av. Colón 602)
Show musical de Pablo Gibelli y Florencia Albanesi que presentará parte de su show “Canciones de Amor y Humor”.

DOMINGO 23 DE JUNIO:
20,30 HS: Teatro Municipal de Bahía Blanca.
Gala de cierre con la ex niña prodigio del tango María José, Valeria Cotado y Gaby “La Voz Sensual del Tango” junto a Susana Persia, los guitarristas Ramón Maschio y Eduardo Rotela, la pareja de baile de Natalia y Gustavo y la participación especial del bambino de oro del tango, Gianlucca Pezzutti.

LUNES 24 DE JUNIO:
11.00 hs: Intersección de las avenidas Cabanettes y Carlos Gardel, Pigué.

Descubrimiento de obra artística realizada por Pedro Araya en homenaje al zorzal criollo en el monumento que lo recuerda.

Leopoldo Lugones

Nació en 1874 en Villa de María en el departamento cordobés del Río Seco. Fue el primogénito del
matrimonio de Santiago Lugones y Custodia Argüello. En su niñez, la familia se trasladó primero a Santiago del Estero y posteriormente a Ojo de Agua, una villa con pocos habitantes, donde cursó sus estudios primarios.

A los diez años, se destacaba por su memoria, gusto por la lectura e interés por las ciencias naturales. Se cuenta que lo llamaban para amenizar las "tertulias" familiares. Sus padres decidieron enviarlo a Córdoba con su abuela materna para que siguiese los estudios superiores.

En 1892 Leopoldo volvió a vivir con su familia que se había trasladado a Córdoba después de haber perdido su estancia. La crítica situación económica lo llevó a tener que comenzar a trabajar y convertirse en un autodidacta.

En esta época dio con éxito sus primeros pasos en la vida pública. Recitó su primera composición en el Teatro Indarte, dirigió el periódico liberal y anticlerical "El Pensamiento Libre" y se alistó voluntariamente para enfrentar a las fuerzas radicales sublevadas en Rosario.

En Córdoba, Lugones se fue convirtiendo en un personaje popular capaz de ser contrapunto de los payadores del barrio, publicar versos controvertidos con el seudónimo Gil Paz, promover huelgas estudiantiles y fundar un centro socialista.

El año de 1896 fue decisivo para Lugones: se instaló en Buenos Aires y se casó con Juana González. En la gran ciudad se unió al grupo socialista de escritores integrado por José Ingenieros, Roberto Payró, Ernesto de la Cárcova, escribió en el periódico socialista "La Vanguardia" y en la "Tribuna", órgano del roquismo y se ganó al distinguido auditorio del Ateneo. A los 22 años comienza a escribir en "La Nación", promovido por su amigo Rubén Darío. Publicó su primer libro "Las montañas del oro" (1897), basado en una influencia tardía del Romanticismo Francés.

El "novecientos" fue una época de intensa producción en la que escribió muchas de sus obras más valoradas como "Crepúsculos del jardín" (1905) donde se acerca al modernismo hispanista y a las nuevas corrientes literarias francesas: simbolismo, decadentismo, parnasianismo. Esta tendencia alcanza su máxima expresión en "Lunario sentimental" (1909). En su obra "Las fuerzas extrañas" (1906). Lugones plasmará sus habilidades para escribir cuentos de misterio. Este trabajo junto con los "Cuentos fatales" (1926) renuevan el género de la forma breve e inician una fecunda tradición en el Río de la Plata, en la que se inscribirán escritores como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar.

En 1901 ocupó el cargo de inspector de secundaria y normal bajo las órdenes de Pablo A. Pizzurno y Virgilio Magnasco. Posteriormente asumió la inspección general donde concretó varias de las ideas plasmadas en su estudio sobre la "Reforma educacional": cursos especiales en vacaciones, fundación del Instituto Nacional del Profesorado Secundario, creación de las cátedras de Educación Física y Dibujo, reglamentación para el ingreso de alumnos a la enseñanza secundaria. Más adelante fue comisionado en viaje a Europa para estudiar las novedades pedagógicas. En 1915 se hizo cargo de la dirección de la Biblioteca Nacional de Maestros que ejerció hasta su muerte.

En 1910, la conmemoración del Centenario de Mayo representó el cenit del movimiento de afirmación de los valores y tradiciones nacionales. Bajo ese impulso, Lugones publicó varios trabajos: "Odas seculares" (1910) y la "Historia de Sarmiento" (1911).

En "El Payador" (1916), reúne una serie de conferencias sobre "Martín Fierro" de José Hernández que rescatan la obra, calificándola de "Cuento Homérico de la Cultura Argentina"... Este particular enfoque instaló en la crítica una fructífera polémica que se prolongó por décadas y cuyo resultado fue la aceptación del Poema como la obra emblemática de la identidad literaria argentina. La lectura que Lugones hace deja entrever otro de sus principales puntos de interés intelectual; la cultura clásica. En este campo su producción incluye las obras "Didáctica" (1910); "Las limaduras de Hephaestos" (1910), "Estudios Helénicos" (1924) y "Nuevos estudios Helénicos" (1928).

En Europa se vivía un tiempo de incertidumbre instalado con la guerra mundial, la revolución de los "soviet" y el fascismo italiano, mientras en Argentina se sentía la crisis económica y la inestabilidad política. Lugones fue un observador atento de la situación internacional y un hombre de acción en su país.

Lentamente, su visión socialista fue dando paso a un pensamiento nacionalista de originales matices, crítico del liberalismo y alejado de las posiciones católicas. Este Lugones maduro fue igual de controvertido que en sus posiciones juveniles al apoyar el militarismo de la década del treinta.

Su trabajo incesante se plasmó en numerosos escritos, artículos de prensa y conferencias que le merecieron el nombramiento en la Asamblea de Cooperación Intelectual de la Liga de las Naciones (1924), el Premio Nacional de Literatura (1926) y la presidencia de la Sociedad Argentina de Escritores, fundada con su impulso (1928).

En esta etapa, aumentó con ritmo vertiginoso su ya cuantiosa producción intelectual entre la que se encuentra "Poemas solariegos" (1928) uno de sus títulos más elogiados y los ensayos "La patria fuerte" (1930) y "La grande Argentina" (1930), indispensables para comprender la época y la generación de Lugones.

Puso fin voluntariamente a su vida en una isla del Tigre. Los boletines informativos sorprendieron a la opinión pública tanto como a quienes lo trataban cotidianamente en la Biblioteca Nacional de Maestros.

Lugones aún hoy genera controversias por su cambiante temperamento político. El tiempo, sin embargo, lo ha destacado como una figura central de la cultura argentina y como uno de sus más grandes escritores.

EL AMOR ETERNO

Deja caer las rosas y los días
una vez más, segura de mi huerto.
Aún hay rosas en él, y ellas, por cierto,
mejor perfuman cuando son tardías.

Al deshojarse en tus melancolías,
cuando parezca más desnudo y yerto,
ha de guardarse bajo su oro muerto
las violetas más nobles y sombrías.

No temas al otoño, si ha venido.
Aunque caiga la flor, queda la rama.
La rama queda para hacer el nido.

Y como ahora al florecer se inflama,
leño seco, a tus plantas encendido,
ardiente rosas te echarán en su llama.

martes, 11 de junio de 2013

Los puntos fundamentales de mi vida, Leopoldo Marechal


1. Nací en la Capital Federal y en su barrio de Almagro, el 11 de junio de 1900. El hecho de que algunos me crean natural de la provincia de Buenos Aires responde a la circunstancia de que, durante mi niñez y mi adolescencia, pasé largas temporadas en la llanura de Maipú, con parientes ganaderos. Allí me inicié en el conocimiento de las ontologías del sur (hombres y cosas) que con tanta frecuencia aparecen en mi obra literaria.
2. Aprendí a leer y a escribir en un colegio francés particular. Todos mis estudios regulares los hice luego en la Escuela Normal de Profesores de la Capital, donde obtuve los títulos que me habilitaron para la docencia.
3. Mi personalidad intelectual, alentada por una vocación muy temprana, se formó en la lectura y en los ejercicios de taller literario. En tal sentido, me considero un "autodidacto", vale decir, un hombre que busca en los libros, en las cosas y en la meditación una respuesta vital a sus problemas interiores, y que además busca y perfecciona los "medios expresivos" que han de servirle para traducir "ad extra" ese trabajo interior.
4. En realidad, fui un francotirador literario de Villa Crespo, hasta que me llamaron a colaborar en la revista Proa, dirigida por Güiraldes, Borges y creo que Rojas Paz. Casi enseguida me enrolé en el grupo que decidió imprimir a la revista Martín Fierro un ritmo verdaderamente revolucionario, que no tuvo en su primera época. Cierta noche, y como por arte de magia, nos reunimos con tal objeto, en la casa de Evar Méndez, Güiraldes, Macedonio Fernández, el pintor uruguayo Pedro Figari, Girondo, Bernárdez, Borges, Xul Solar, entre muchos otros que no recuerdo ahora. De aquella velada nació Martín Fierropropiamente revolucionario, que se proponía, en general, "entrar por la ventana", en una literatura que nos cerraba la puerta, en particular, defender a Pettoruti y a Xul, que acababan de exponer sus cuadros ante la rechifla del pasatismo local.
5. Creo que un poeta lo es verdaderamente cuando se hace la "voz de su pueblo", es decir, cuando lo expresa en su esencialidad, cuando dice por los que no saben decir y canta por los que no saben cantar. Todo ello lo hace el poeta en una función "unitiva" que yo concreté así en mi "Arte Poética": "El Poeta, el Oyente y la Canción forman una unidad por el sonido".
6. Al escribir mi Adán Buenosayres no entendí salirme de la poesía. Desde muy temprano, y basándome en la Poética de Aristóteles, me pareció que todos los géneros literarios eran y deben ser géneros de la poesía, tanto en lo épico, lo dramático y lo lírico. Para mí, la clasificación aristotélica seguía vigente, y si el curso de los siglos había dado fin a ciertas especies literarias, no lo había hecho sin crear 'sucedáneos' de las mismas. Entonces fue cuando me pareció que la novela, género relativamente moderno, no podía ser otra cosa que el 'sucedáneo legítimo' de la antigua epopeya. Con tal intención escribíAdán Buenosayres y lo ajusté a las normas que Aristóteles ha dado al género épico.
7. Adán Buenosayres quiere ser una epopeya de la vida contemporánea, que ya no se puede escribir en hexámetros griegos.
8. Suele llamarse "novela clave" a la que pinta en sus héroes a ciertos personajes de la vida real cuya identificación sería la clave buscada. Me parece un concepto pueril. Las verdaderas claves de una obra son las que arrojan luz sobre su estructura física y metafísica. En tal sentido, y siempre fiel a la epopeya clásica, mi novela es la expresión figurada o simbólica de una "realización espiritual", efectuada por su protagonista según el "simbolismo del viaje" como sucede en la Odisea y en laEneida. Lo que Adán Buenosayres efectúa es una "realización crística" en dos movimientos: uno de expansión o centrífugo, y otro de concentración o centrípeto. La Itaca material del Héroe no es otra que su cuarto de la calle Monte Egmont; su Itaca espiritual es el Cristo de la Mano Rota que lo pescó y lo retiene desde el pórtico de San Bernardo, en Villa Crespo. Además, la novela desarrolla un Arte Poética (en el banquete de la glorieta Ciro), una Filosofía de Amor (en el Cuaderno de Tapas Azules) y una Política (en la subversión en cadena de las cuatro clases sociales que describo al finalizar el Infierno de la Violencia). Todo esto es más importante que decir si tal personajes es Fulano y tal otro Mengano.
9. Desde hace años, me dedico, más que a leer, a releer, sobre todo las Sagradas Escrituras y los clásicos. Por eso, mi información acerca de la literatura europea "se plantó" en los existencialistas franceses e italianos. Lo mismo digo en lo que atañe a la literatura nacional.
10. El hombre de letras es un manifestador de su pueblo y de las virtualidades de su raza.
11. Creo que actualmente hay dos Argentinas: una en defunción, cuyo cadáver usufructúan los cuervos de toda índole que lo rodean, cuervos nacionales e internacionales; y una Argentina como en navidad y crecimiento, que lucha por su destino, y que padecemos orgullosamente los que la amamos como a una hija. El porvenir de esa criatura depende de nosotros, y muy particularmente de las nuevas generaciones.
12. Desde hace algunos años oigo hablar de los escritores "comprometidos" y "no comprometidos". A mi entender, es una clasificación falsa. Todo escritor, por el hecho de serlo, ya está comprometido: o comprometido en una religión, o comprometido en una ideología político-social, o comprometido en una traición a su pueblo, o comprometido en una indiferencia o sonambulismo individual, culpable o no culpable. Yo confieso que sólo estoy comprometido en el Evangelio de Jesucristo, cuya aplicación resolvería por otra parte, todos los problemas económicos y sociales, físicos y metafísicos que hoy padecen los hombres.

domingo, 9 de junio de 2013

Domingo F. Sarmiento y Aurelia Vélez Sarsfield

Una mañana del verano de 1865, mientras descifraba laboriosamente la desastrosa letra de supadre, Aurelia Vélez, La Petisa, se sacó con gesto rápido los bucles oscuros de la cara, mojó otra vez la pluma en el tintero, y suspiró con leve sonrisa. A los 28 años, Aurelia no sólo era la hija menor y preferida de Dalmacio Vélez Sarsfield, sino su secretaria, su mano derecha. Aunque no era jurista, como el hombre que en la habitación contigua escribía los principios que regirían las relaciones entre los argentinos de los próximos siglos, la interesada copista comprendió que el artículo del Código Civil que reescribía de algún modo la implicaba. Así, La Petisa fue hasta el atestado escritorio paterno para confirmar lo que entendía. Y había entendido bien: "Pérdida de la vocación hereditaria por separación de hecho sin vocación de unirse", el inciso agregado por Tatita a los artículos referidos al matrimonio civil liberaba a Aurelia de la tutela de su fugaz marido de una década atrás e inhibía al desgraciado médico Pedro Ortiz de heredar algo de la hija de aquél. Una vez más, su padre no la había abandonado. Antes de volver a su trabajo salió a la galería de la quinta de Almagro donde estaban recluidos desde hacía meses –trabajando en ese texto él, lidiando con su letra ella– y repasó una vez más la nueva carta de Nueva York que conservaba en el bolsillo, perturbadora, pero mucho más fácil de leer. La letra de Sarmiento era decidida como sus ideas, clara como sus deseos. Le hablaba de Brooklyn, de Broadway, del juicio a los asesinos de Lin­coln, de las mujeres yanquis que viajaban solas; jugaba con sus celos, la invitaba a embarcarse, a convencer al "doctor cordobés a darse un paseo de cuatro meses por este país encantado". Esa misma tarde le contestaría: le haría saber que no deseaba otra cosa que estar con él, claro que sí, pero que el Código la retenía en Buenos Aires.

DE LA CONFLUENCIA

Venían de tiempos, lugares y mundos diferentes. Domingo Faustino Sarmiento había nacido en San Juan en 1811, apenas un año después de la Revolución. Aurelia Vélez, en el corazón de Buenos Aires, en 1836. En ese cuarto de siglo habían pasado muchas cosas –las guerras de la independencia, las luchas entre unitarios y federales–, pero al final había quedado uno solo, alguien alrededor de quien giraba todo: Rosas.

Sarmiento, desde su juventud, iba y venía de Chile empujado por la política. El doctor Vélez Sarsfield, un cordobés ya famoso, unitario de corazón y sin embargo abogado de la familia del muerto de Barranca Yaco, había quedado demasiado cerca del poder para estar cómodo. Cuando Lavalle se levantó en el cuarenta, todos pensaron que ganaba. La derrota los uniformó en las rutinas del exilio mientras Rosas seguía ahí, imperturbable. En 1845, Sarmiento venía de Chile y, camino de Europa, quiso juntarse con los que se iban amontonando en la cercada Montevideo: Echeverría, Mitre, también Vélez Sarsfield. Y fue entonces cuando se cruzaron por primera vez: él tenía 34 años, pelo, barba y un libro reciente que lo haría famoso, aunque aún no lo era: el Facundo. Aurelia tenía nueve y asistía a las reuniones de su padre con otros señores, sin soltarle la mano y con los ojos así. Siempre recordaría a ese hombre algo tosco y menos elegante que los otros, pero enfático y persuasivo: el ruido y la furia. El 3 de febrero de 1852, la batalla de Caseros partió el siglo. Todo sería antes y después de Rosas. Los perseguidos y postergados de antes eran los protagonistas de lo que se venía. Pero tras la euforia, las diferencias volvieron, y llegó la ruptura: Buenos Aires y la Confederación, Urquiza y Mitre.

En ese clima, en el invierno de 1855, Domingo Faustino Sarmiento arribó a la ciudad de los sueños y las pesadillas. Esta vez venía a quedarse y a trabajar, a hacer política en El Nacional, el diario de Vélez Sarsfield.

Una fría tarde de julio llegó a la casa del director del periódico, y al entrar en el escritorio de su viejo amigo la vio. Tardó un instante en darse cuenta. Habían pasado diez años y la pequeña Aurelia que lo saludaba con leve sonrisa ya era una mujer. Y le gustó esa mujer como le gustaban en general las mujeres. El tenía cuarenta y cuatro años; ella, diecinueve. Y todo empieza ahí.

DE LOS CONTRATIEMPOS

Cuando se conocieron y convirtieron en amantes –tal vez ese mismo invierno del 55– ninguno de los dos era libre.

El ya era el Sarmiento escritor y periodista acabado, pero no aún el político que sería. Estaba casado, y a disgusto con la amenazante Benita Martínez Pastoriza, pero había un hijo de diez años entre ambos, aquel famoso Dominguito, adoptado y propio a la vez. A la joven Aurelia Vélez le faltaba casi todo. Apenas salida de la adolescencia y ya (mal) casada, era la hija mayor y secretaria del doctor Vélez Sarsfield, político de primera plana, funcionario habitual de gobierno, autoridad jurídica y moral. Aurelia vivía y trabajaba con su padre de regreso de una historia reciente, escandalosa y sórdida, que incluía casamiento fugaz con desenlace trágico y vuelta de ella a casa, sola. Demasiado para la hija mimada de un hombre público.

En esas circunstancias personales se encontraron: los dos se sentían observados y en los límites de la baja tolerancia de la sociedad porteña.

Aurelia Vélez era la hija mayor de la segunda mujer de un hombre grande y luchó desde la adolescencia para no quedar atrapada en esa sombra o para hacerse un lugar reconocible allí. Que la jovencita se enamorara o le apuntara a los amigos, a los preferidos de su padre, no parece raro. Pero sí de qué manera lo hizo. Lo desafió a los límites de lo socialmente aceptable y hasta los traspasó para conseguir su atención, su cuidado, su dedicación absoluta.

No de otra manera se puede leer el episodio de su fugaz matrimonio con el primo Pedro Ortiz Vélez, médico brillante, sobrino predilecto de Vélez Sarsfield, diputado como él y compañero en la Legislatura. ¿Fue Aurelia una víctima de la intolerancia de su tiempo? No lo parece. A los diecisiete –con permiso o sin él– se había casado, acaso enamorada y sin duda embarazada; pero abortó, no se sabe si espontáneamente. Poco después, el atribulado Pedro Ortiz la sorprendió con su secretario, Cayetano Echenique, y pese a que el joven se escondió dentro de un ropero, lo mató de un pistoletazo. A continuación, el marido tomó a su mujer del brazo y la llevó de vuelta a casa de su padre. Se arguyó estado de demencia del asesino –que salvó la vida, pero perdió su cargo, su reputación–, pero se confinaron los sucesos a una tradición maledicente. Aurelia convivió desde entonces con ese estigma; su relación con Sarmiento –ese mujeriego, ese otro amigo cercano de su padre– no haría sino confirmar las certezas del escarnio público.

DE LAS EVIDENCIAS

Cuando Sarmiento llegó a Buenos Aires, en principio solo, la relación con Benita Martínez Pastoriza tras siete años de matrimonio no daba para más.

La apasionada y vehemente Benita era una celosa feroz, y muchas veces con motivo. Diez años menor, siempre peleó por él: por retenerlo primero; para destruirlo después. Los acontecimientos se precipitaron cuando, a principios de 1857, Benita también desembarcó en Buenos Aires, con su hijo. No es raro que, tras poner casa y familia ­reunida en la misma cuadra y vereda que los Vélez Sarsfield, en seguida descubriera las complicidades, los pretextos, las argucias de los amantes para estar juntos con cualquier motivo. Y no se calló: "¿Recuerda usted haber oído un suceso muy sonado que ocurrió aquí (de la hija de uno de los hombres que figuran en este momento) que se casó embarazada de cuatro o cinco meses con un médico y que éste mató a los dos meses de casada al que creyó autor de semejante infamia? –le cuenta en una carta a un amigo santiaguino, Hilarión Moreno–. Pues bien, mi amigo, ésta es la escoria que ocasiona mi desgracia. No puedo contar a usted detalles, pero bástele decir que empecé por sospechar y concluí con las pruebas. ¿A qué tiempo cree usted que las obtuve? A los tres meses dos días de llegada". Y agrega pormenores: "Para que se forme idea de lo exquisito de mi vida. Vivo una casa de por medio de la de mi rival y viendo las señas que esa infame hace a mi marido y viéndolo a él entrar a la casa de ella; sólo viene a mi casa en el momento de comer".

Con semejantes evidencias, no vaciló en enfrentar la situación: apartar a su marido de la escoria. Acosado, Sarmiento en principio negó todo, luego admitió a medias y pidió evitar el escándalo. Finalmente, terminó también él fuera de sí: "Primero quiso persuadirme de que todo se había concluido, pero que era preciso guardar ciertas apariencias por la amistad del Papá (se refiere a Dalmacio) –cuenta Benita en la misma carta a Hilarión Moreno– pero como se pasa de amistad porque más interés tiene en esa casa que por la suya propia, ha concluido por hacerse el guapo y decirme que irá aunque me muera, aunque nuestro matrimonio se rompa, después que se ha cansado de intentar que me vuelva a Chile". Ella está a punto entonces de desatar el escándalo público, pero las razones de interés público –y personal, claro– hacen que en principio los hechos queden en el ámbito privado, espacio de la extorsión. Así, Benita no denuncia a su marido, pero sí presiona a Aurelia, el eslabón más débil y expuesto al escándalo. Se teje entonces toda una sorda historia de amenazas que obliga a los amantes a optar, en principio, por el renunciamiento:

"He debido meditar mucho antes de responder a su sentida carta de usted, como he necesitado tenerme el corazón a dos manos para no ceder a sus impulsos –dice un Sarmiento retórico pero elocuente en respuesta a una carta de Aurelia que no se ha conservado–. No obedecerlo era decir adiós para siempre a los afectos tiernos y cerrar la última página de un libro que sólo contiene dos historias interesantes. La que a usted se liga era la más fresca y es la última de mi vida. Desde hoy soy viejo (…) Acepto de todo corazón su amistad que será más feliz que no pudo serlo nunca un amor contra el cual han pugnado la más inexplicables contrariedades –continúa, con evidente alivio– (...) Los que tanto la aman no me perdonarían haberla expuesto a males que no me es dado reparar. Ante esta responsabilidad, todo sentimiento egoísta debe enmudecer de mi parte, y con orgullo puedo decírselo, han enmudecido."

Parecía un asunto concluido. Pero no lo estaba.

En la relación de Aurelia y Sarmiento se alternan períodos de cercanía e intimidad con largos lapsos de separación. Así, vivieron los múltiples sobresaltos de la pasión en esos primeros y accidentados seis años de Sarmiento en Buenos Aires. Cuando se separaron por primera vez, él ya tenía cincuenta y ella, veinticinco; y con ese primer desgarrón saltó el escándalo.

En 1861, Sarmiento fue designado por Mitre interventor en San Juan y partió solo. Para alivio paradójico de Benita, para angustia de Aurelia. Las cartas que se conservan de ese momento son las más reveladoras de hasta dónde había llegado esa relación honda y contrariada a la vez: "Estoy pasando días horribles con tu retiro, es preciso que esto acabe –dice Aurelia en una carta de fines de ese año, y tras otras consideraciones sigue la declaración de amor más explícita y hermosa que se ha conservado–. Te amo con todas las timideces de una niña, y con toda la pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, como no creí que era posible amar. He aceptado tu amor porque estoy segura de merecerlo. Sólo tengo en mi vista una falta, y es mi amor por ti. ¿Serás tú el encargado de cas- tigarla? Te he dicho la verdadÛ en todo. ¿Me perdonarás mi tonta timidez? Perdóname, encanto mío, pero no puedo vivir sin tu amor. Escríbeme, dime que me amas, que no estás enojado con tu amiga que tanto te quiere. ¿Me escribirás, no es cierto?". Y él le escribió, claro. Y muchas cartas fueron y vinieron por canales cada vez más oblicuos y menos confiables, usando a terceros como destinatarios: "He recibido tu recelosa carta extrañando mi silencio y recordándome posición y deberes que no he olvidado –le dice él desde Mendoza, en el verano del 62–. Tus reproches inmotivados me han consolado, sin embargo; como tú, padezco por la ausencia y el olvido posible, la tibieza de las afecciones me alarman. Tanto, tanto hemos comprometido que temo que una nube, una preocupación, un error momentáneo haga inútiles tantos sacrificios (...) La verdad es que tu amiga me alarmó con las prevenciones que me hicieron temer un accidente, pues ella anda muy cerca de las personas en cuyas manos una carta a ti, o tuya, sería una prenda tomada". Y luego, como en ningún otro testimonio que se conserve, Sarmiento le abre su orgulloso corazón y le muestra el lugar que ocupa en él: "No te olvidaré porque eres parte de mi existencia; porque cuento contigo ahora y siempre. Mi vida futura está basada exclusivamente sobre tu solemne promesa de amarme y pertenecerme a despecho de todo; y yo te agrego, a pesar de mi ausencia, aunque se prolongue, a pesar de la falta de cartas cuando no las reciba (...) Necesito tus cariños, tus ideas, tus sentimientos blandos para vivir... Atravieso una gran crisis en mi vida. Créemelo. Padezco horriblemente y tú envenenas heridas que debieras curar. Al partir para San Juan, te envío mil besos y te prometo eterna constancia. Tuyo."

En mayo de ese mismo año, una de esas cartas de amor cayó en las manos no debidas, y de la peor manera. Dominguito fue a buscar correspondencia de su padre y encontró una carta dirigida a una de ésas destinatarias falsas, una vieja –dicen– que apenas si sabía leer: es que era para Aurelia, claro.

Benita, que era amiga personal y confidente de las mujeres de Mitre, de Avellaneda, desató una tormenta que, aunque no llegó a la prensa, sí alcanzó a San Juan. Sarmiento se sintió traicionado, definitivamente herido, y el escándalo acabó con un matrimonio muerto hacía rato.

Lo que siguió fue un largo período de más de una década en que el vínculo se afirmó sobre otras bases. Primero fueron seis largos años de separación, pero denso contacto epistolar. Sarmiento, concluido su gobierno en San Juan, partía de embajador a Estados Unidos, país del que sólo regresaría en 1868 para asumir la presidencia.

A partir de ese momento –él tiene 57 años y Aurelia treinta y dos–, Sarmiento podrá vivir y compartir a pleno con ella la tan demorada apoteosis del poder. Aurelia estará en todo junto a él y a su padre –será el primer ministro del Interior de Sarmiento– como ayudante, consejera, y como posibilidad de reposo para el hombre que, de regreso a su hogar, pasa cada noche por su casa tras la jornada de gobierno.

Cuando termina su mandato Sarmiento tiene sesenta y tres años y su carrera política está de algún modo acabada.

En los años siguientes fue Aurelia la que, por primera vez, necesitó que él la acompañara. En 1875 murió el viejo Vélez, y en pocos meses de 1880, en Córdoba y mientras las cuidaba, su hermana y su madre. Siempre estuvo Sarmiento con ella. Hay en esos últimos años compartidos gestos conmovedores, como cuando él, ya al borde del retiro, la incita a escribir y le publica sus excelentes notas de viaje desde Europa, primero en El Nacional y después en El Censor, su propio diario.

Por eso, cuando Sarmiento muere, familiero, entre nietos, discutido, y prócer en Paraguay, a los 77 años, Aurelia, la compañera de siempre que había llegado a visitarlo una semana antes –y que no lo vio morir acaso porque ya había enterrado a toda su familia– se quedó definitivamente sola. Asistió, oscura y lateral, a las consabidas, populosas, reparadoras exequias, y comprendió que ya nada tenía que hacer allí.

DE UNA VIEJA DAMA INDIGNA

Aurelia Vélez quedó sola y rica. Entonces se fue a Europa, y no volvió definitivamente hasta veinte años después. Es probable que, de regreso, haya visitado y mirado de soslayo, no sin ironía, la estatua de Sarmiento en Palermo, y es seguro que habrá hojeado la biografía de Lugones, en la que brilla por su ausencia. No le habrá importado demasiado. Había vivido mucho, y acaso apostara más al olvido que a una memoria torpe o malintencionada. Murió a los 88 años, en 1924. Como hubiera especulado Borges, con esa vieja dama indigna que pese a todo recibió la típica, adocenada necrológica de la dama patricia, morían muchas cosas más. Esa mujer había nacido y crecido en una aldea con calles de barro y moría en otra ciudad, en otro mundo: la Buenos Aires de Marcelo T. de Alvear, ya con subte, cines y fútbol para "los últimos porteños felices". Llegó demasiado temprano para los duros códigos de la primera; demasiado tarde para aprovechar la segunda.

Como el del hombre del que se llevaba las últimas imágenes íntimas, el suyo había sido también, a su manera, un raro destino sudamericano.