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martes, 9 de septiembre de 2014

A 36 años de la muerte de Leopoldo Torre Nilson

El 8 de septiembre de 1978 fallecía este director, intérprete y guionista argentino, uno de los realizadores más importantes y representativos del nuestro cine.
Leopoldo nace el 5 de mayo de 1924 en la Ciudad de Buenos Aires, hijo del director Leopoldo Torres Ríos (pionero del cine popular) y sobrino del realizador Carlos Torres Ríos, se formó en el medio cinematográfico.
Entre 1939 y 1949 fue asistente de dirección de su padre en 19 filmes y colaborador en el guion de nueve de ellos.
En la mayoría de sus películas se ven reflejados temáticas literarias y conflictos de la clase media de la sociedad argentina de aquellos años. Sus películas consagraron a actores como Graciela Borges, Bárbara Mujica, Elisa Christian Galvé, Alfredo Alcón, Elsa Daniel y Leonardo Favio.
Este cineasta de sangre admitió que se enamoró de la cámara el día en que su padre lo llevó a un rodaje y lo dejó mirar por primera vez el visor. “Dentro de unos años vas a ser el mejor director”, dice que Torres Ríos le decía cuando era apenas un niño que en realidad soñaba con ser un habilidoso wing izquierdo. Y también aprendió de él a soportar las vicisitudes de la realización cinematográfica.
“No tenía 30 años -recordó- cuando me contrató Argentina Sono Film. Me preguntaron qué era lo que quería hacer en cine, qué proyectos tenía, y saqué de mi bolsillo un rollo de adaptaciones que había hecho hasta ese momento. Recuerdo que el representante de la empresa miraba con incredulidad y suficiencia cómo yo le mostraba entusiasmado una versión modernizada del “Martín Fierro”; otra del “Hombre del Jueves”, de Chesterton; y otra de “El proceso”, de Kafka. Entonces, me dijo: “Bueno, ahora que sé cuáles son sus ideas le voy a confiar la dirección de “Para vestir santos”, con Tita Merello. Era un melodrama de época denso, lagrimeante, lo más ajeno posible a mis intenciones. Sin embargo, lo filmé. Ya me enfrentaba por primera vez a la realidad y no tenía otra alternativa que asumirla.”
Entre su vasta filmografía se encuentran “Boquitas pintadas”, “Siete veces siete”, “Graciela”, “para vestir santos”, entre otras.

jueves, 4 de abril de 2013

Alfredo Alcón y Joaquín Furriel protagonizan “Final de partida” en el Teatro San Martín



La obra es una las piezas más emblemáticas del novelista y dramaturgo irlandés Samuel Beckett. Se presenta de miércoles (día de entradas populares) a domingo en la Sala Casacuberta del Complejo Teatral de Buenos Aires (Av. Corrientes  1530). Acompañan a la reconocida dupla, los actores Graciela Araujo (Nell) y Roberto Castro (Nagg). Alcón, además de interpretar el papel central de la pieza, también oficia como director.
Desde la propia contemplación de la escenografía se puede augurar una historia triste y sombría. Sólo adornan el escenario una silla cubierta de trapos, dos tachos sucios ubicados a un costado y una serie de bolsas de arpillera y herramientas distribuidas por doquier. La estética se corresponde a los lineamientos del autor, quien a lo largo de su extensa trayectoria, profundizó en un concepto del teatro despojado y se obsesionó por encontrar y generar significados desde la simpleza de los detalles.
Escondido debajo de unos lentes oscuros y postrado en una silla de ruedas, Alcón interpreta a Hamm, un anciano ermitaño, demandante y gruñón. Su única función en el mundo es la de ejercer el abuso de autoridad sobre seres entregados y dependientes sin esperanza alguna sobre la vida y el futuro. Clov (Furriel) es su sirviente, quien le profesa un trato de obediencia y fidelidad, que oscila entre la obligación del trabajo y la comodidad de lo previsible.
Luego aparecerán Nell (Graciela Araujo) y Nagg (Roberto Castro), los padres de Hamm, que viven dentro de unos recipientes porque han perdido sus piernas en un accidente. Sus participaciones aportan información a la trama y a la historia de los personajes, que se asoma fundamentalmente entre los diálogos reiterados entre el amo y su asistente. La desidia y el aburrimiento son parte fundamental en la vida de los protagonistas quienes reparten su existencia entre el hambre, la miseria y el dolor. Cada uno saborea la soledad y la angustia a su manera, colgándose de hasta el acontecimiento más nimio sobre la tierra, para darle un sentido más llevadero a una rutina colmada de quejas e irritación.
El guión es oscuro y complejo, se realiza principalmente desde la palabra hablada y no desde las acciones. Es un teatro sostenido en el diálogo, el monólogo y la reflexión, dado que los  personajes  literalmente son seres inmóviles y postrados, que sólo hablan, se quejan y recuerdan tiempos pasados. Sólo Clov, el sirviente, tiene capacidad de movimiento, (camina, sube escaleras, provee alimentos, distribuye información), aunque no necesariamente se desenvuelve con libertad de pensamiento; y es por eso, que su voluntad y determinación, son los únicos que pueden llegar a cambiar el curso de la historia.
“Final de partida” es preferentemente una obra simbólica, que subyace en una gran puesta en escena,  sostenida por la interpretación magistral de sus actores protagonistas. Los mismos que le ponen el cuerpo y la voz a estos hombres miserables que se debaten entre la amargura y la soledad de les proveen sus existencias llenas de nada.

Viviana Cipolla